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Poemas Inmortales - Poemas de José Martí
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Pienso en ti
Mi Poesía
Muy fiera y caprichosa es la poesía, a decírselo vengo al pueblo honrado: la denuncio por fiera. Yo la sirvo con toda honestidad: no la maltrato; no la llamo a deshora, cuando duerme, quieta, soñando, de mi amor cansada, pidiendo para mí fuerzas al cielo; no la pinto de gualda y amaranto como aquesos poetas no le estrujo en un talle de hierro el franco seno; y el cabello dorado, suelto al aire. ni con cintas retóricas le cojo; no: no la pongo en lindas vasijas que moriría: sino la vierto al mundo, a que cree y fecunde, y ruede y crezca libre cual las semillas por el viento. Eso sí: cuido mucho de que sea claro el aire en su torno; musicales, --puro su lecho y limpio y surtido-- los rasgos que la amparan en el sueño, y limpios y aromados sus vestidos. Cuando va a la ciudad, mi poesía me vuelve herida toda, el ojo seco y como de enajenado, las mejillas como hundidas, de asombro; los dos labios gruesos, blandos, manchados; una que otra gota de cieno --en ambas manos puras-- y el corazón, por bajo el pecho roto como un cesto de ortigas encendido: así de la ciudad me vuelve siempre; mas con el aire de los campos cura, bajo el cielo en la serena noche un bálsamo que cierra las heridas. ¡Arriba oh corazón!: ¿quién dijo muerte? Yo protesto que mimo a mi poesía: jamás en sus vagares la interrumpo, ni de su ausencia larga me impaciento. ¡Viene a veces terrible! Ase mi mano, encendido carbón me pone en ella y cual por sobre montes me la empuja! ¡Otras; muy pocas! viene amable y buena, y me amansa el cabello; y me conversa del dulce amor, y me convida a un baño. Tenemos ella y yo, cierto recodo púdico en lo más hondo de mi pecho, envuelto en olorosa enredadera. Digo que no la fuerzo y jamás la adorno, y sé adornar: jamás la solicito, aunque en tremendas sombras suelo a veces esperarla, llorando, de rodillas, ella, ¡oh coqueta grande!, en mi nube airada entra, la faz sobre ambas manos mirando cómo crecen las estrellas, de oro, baja hasta mí, resplandeciente. Viome un día infausto, rebuscando necio. Luego, con paso de ala, envuelta en polvo perlas, zafiros, ónices, cruces para ornarle la túnica a su vuelta. Ya de un lado, piedras tenía, cruces y acicaladas en hilera, octavas de claveles, cuartetines de flores campesinas; tríos, dúos de ardiente oro y pálida azucena, ¡qué guirnaldas de décimas!, ¡qué flecos de sonoras quintillas!, ¡qué ribetes de pálido romance!, ¡qué lujosos broches de rima rara!, ¡qué repuesto de mil consonantes serviciales para ocultar con juicio las junturas: obra, en fin, de suprema joyería! Mas de pronto una lumbre silenciosa brilla; las piedras todas palidecen, como muertas, las flores caen en tierra lívidas, sin colores: ¡es que bajaba de ver nacer los astros mi poesía! Como una cesta de caretas rotas eché a un lado mis universos. Digo al pueblo que me tiene oprimido mi poesía: yo en todo la obedezco; apenas siento por cierta voz del aire que: conozco su próxima llegada, pongo en fiesta cráneo y pecho; levántanse en la mente, alados, los corceles; por las venas la sangre ardiente al paso se dispone; el aire limpio, alejo los invitados, muevo el olvido generoso, y barro de mí las impurezas de la tierra. ¡No es más pura que mi alma la paloma virgen que llama a su primer amigo! Baja; vierte en mis manos unas extrañas flores que el cielo da, flores que queman; --como de un mar que sube, sufre el pecho--, y a la divina voz, la idea dormida, royendo con dolor la carne tersa busca, como la lava, su camino; de hondas grietas el agujero luego queda, como la falda de un volcán cruzado; precio fatal de amores con el cielo. Yo en todo la obedezco; yo no esquivo estos padecimientos, yo le cubro de unos besos que lloran, sus dos blancas manos que así me acabarán la vida. Yo, ¡qué más!, cual de un crimen ignorado sufro, cuando no viene: yo no tengo otro amor en el mundo ¡oh mi .poesía! ¡Como sobre la pampa el viento negro cae sobre mí tu enojo! A mí, que te respeto. De su altivez me quejo al pueblo honrado; de su soberbia femenil. No sufre espera. No perdona. Brilla, y quiere que con el limpio brillo del acero ya el verso al mundo cabalgando salga; --tal, una loca de pudor, apenas un minuto al artista el cuerpo ofrece para que esculpa en mármol su hermosura-- ¡Vuelan las flores que del cielo bajan, vuelan, como irritadas mariposas, para jamás volver, las crueles vuelan. www.TiernoAmor.Net
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